La ignorancia protege menos que el conocimiento

Carlos Decker-Molina

Declaro de entrada que no soy filólogo. Pero desde hace tiempo me llaman la atención ciertas palabras y expresiones que circulan por las llamadas redes sociales, es decir, por ese inmenso territorio que llamamos la Red. Al principio me extrañaban. Ahora comienzan a preocuparme.

El politólogo neerlandés Cas Mudde formuló hace años una distinción que me parece fundamental. Durante mucho tiempo, la extrema derecha fue considerada una «patología normal» de las democracias occidentales: algo marginal, excepcional, situado en los bordes del sistema. Mudde propuso invertir los términos y hablar de una «normalidad patológica». La extrema derecha ya no estaría necesariamente fuera de la sociedad democrática, sino que podría representar una radicalización de ideas y valores que ya existen dentro de ella.

Y ahí comienza el problema.

Lo preocupante no es solamente que existan movimientos de extrema derecha. Han existido desde hace mucho tiempo. Lo nuevo es que sectores importantes del electorado los consideran hoy una opción política legítima y aceptable. Basta observar lo ocurrido, con características muy diferentes en cada país, en Estados Unidos, Argentina, Israel y varios países europeos, o el crecimiento electoral de fuerzas nacionalistas radicales en Alemania y España.

Pero ¿qué tiene que ver el lenguaje con todo este paquete ideológico?

Muchísimo.

Le Grand Continent, la publicación francesa, ha dedicado un interesante análisis al fenómeno de la normalización de determinadas palabras y conceptos. Allí aparece también una idea que ayuda a comprender el proceso: la llamada ventana de Overton.

El concepto, asociado al politólogo estadounidense Joseph P. Overton, describe el conjunto de ideas que, en un determinado momento histórico, una sociedad considera aceptables dentro del debate público. Fuera de esa ventana quedan las propuestas percibidas como demasiado radicales, extravagantes o inadmisibles.

El problema es que la ventana no podía cerrarse.

Ideas que hace veinte o treinta años podían provocar rechazo inmediato hoy forman parte de conversaciones cotidianas, programas electorales y debates televisivos. Algunas incluso han terminado incorporándose a políticas públicas o al ordenamiento jurídico.

El mecanismo lingüístico es particularmente interesante: una palabra o una idea aparece primero como provocación; después se repite; más tarde se banaliza y, finalmente, puede terminar convertida en algo perfectamente normal.

Mi preocupación no consiste en prohibir palabras. Todo lo contrario. Lo importante es comprender qué puede esconderse detrás de ellas.

Ese es precisamente uno de los argumentos del análisis publicado por Le Grand Continent: términos aparentemente inocentes como «declive de Occidente», «orden natural de las cosas», «globalismo», «marxismo cultural» o incluso «libertad de expresión» pueden adquirir, en determinados contextos, un significado ideológico que no se percibe a primera vista.

La palabra, por sí sola, no es culpable.

El contexto puede serlo.

Muchos de estos relatos políticos funcionan mediante una estructura bastante sencilla: construyen un «nosotros», moralmente superior y considerado legítimo, frente a un «ellos», presentado como inferior, peligroso o amenazante. Una vez establecida esa frontera, defender al grupo propio frente al otro puede comenzar a justificar medidas que antes habrían resultado inaceptables.

Hacer visible este mecanismo no es censurar.

Es exactamente lo contrario: proporcionar al ciudadano instrumentos para que pueda reconocer lo que está escuchando y decidir por sí mismo.

Tomemos un ejemplo particularmente delicado: la libertad de expresión.

Es uno de los pilares de la democracia. Precisamente por eso resulta tan eficaz utilizarla como argumento político.

En determinados sectores del movimiento MAGA, la defensa de la libertad de expresión puede emplearse para presentar cualquier limitación o crítica como «censura». Pero defender la libertad de expresión no significa que toda afirmación sea verdadera, ni que quien recibe una crítica pueda denunciar automáticamente que está siendo silenciado.

Quiero ser muy enfático en esto: una palabra casi nunca es extremista por sí misma. Lo decisivo es quién la utiliza, en qué contexto, con qué significado y con qué propósito.

Steve Bannon, antiguo estratega de Donald Trump, dejó una frase brutalmente clara sobre su relación con los medios de comunicación:

«La verdadera oposición son los medios. Y la manera de enfrentarlos es inundar la zona de mierda».

La frase fue pronunciada en 2018 y resume una estrategia comunicacional: no necesariamente convencer al público de una sola mentira, sino saturar el espacio informativo con tal cantidad de afirmaciones, polémicas, medias verdades y falsedades que resulte difícil distinguir lo importante de lo trivial, lo verdadero de lo falso.

No hace falta que todos crean.

Basta con que muchos duden.

Cuando Donald Trump afirmó que las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 habían sido fraudulentas, tenía, naturalmente, derecho a expresarlo. Pero el derecho a decir algo no convierte una afirmación en verdadera. La repetición de aquellas acusaciones, sin pruebas que demostraran un fraude capaz de alterar el resultado electoral, produjo algo quizá más importante que convencer a todos sus seguidores: sembró una duda persistente sobre la legitimidad del sistema electoral.

Y ahí aparece una de las grandes transformaciones de nuestra época.

Antes, la propaganda necesitaba que creyéramos una determinada versión de la realidad. Ahora puede bastarle con conseguir que dejemos de creer en cualquier versión de la realidad.

Pienso, incluso, que la vieja derecha era intelectualmente más transparente que buena parte de la nueva. Decía con mayor claridad qué intereses defendía y cuál era su visión de la sociedad. La nueva derecha radical ha aprendido a disputar también el significado de las palabras: libertad, pueblo, élite, nación, Occidente, globalismo, identidad, censura.

Por eso no basta con escuchar las palabras.

Hay que abrirlas.

Mirar qué llevan dentro.

La tarea se vuelve todavía más difícil con las nuevas tecnologías. Bots, perfiles falsos y sockpuppets pueden multiplicar artificialmente determinados mensajes. Con la llegada de la inteligencia artificial, además, esas cuentas pueden mantener conversaciones cada vez más difíciles de distinguir de las de una persona real.

Quizá ahí esté el verdadero desafío.

No necesitamos menos libertad de expresión.

Necesitamos más conocimiento para ejercerla.

Porque prohibir una palabra puede ser peligroso. Pero ignorar cómo y para qué se utiliza puede ser todavía más peligroso.

La ignorancia nunca ha sido una buena defensa frente a la propaganda.

Y hoy protege menos que nunca.

Pienso que este tema podría convertirse en una serie de crónicas: las palabras que parecen decir una cosa mientras ocultan otra o preparan una nueva definición.

Todo dependerá de mi tiempo y, por supuesto, de mi salud.

@ErbolDigital

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