Cuba

Por Jimena Costa

Yo creía en la revolución cubana, en el Che, en Fidel y en Camilo Cienfuegos. Cuando era adolescente me contaron que conocí al Che, cuando llegó afeitado y clandestino estuvo en mi casa, me sentó en su falda mientras discutían, seguramente, temas importantes. Leí a José Martí desde muy joven y amaba a Silvio Rodríguez. Cuando volví de México en plena dictadura de García Meza a escondidas me traje todos sus discos. Distraje, sin querer, a los militares que revisaban mi equipaje cuando les pedí que se quedaran con mis Camel para que mi papá no los viera, se rieron y me dejaron pasar. Traía correspondencia de los exiliados bolivianos. Sus familias venían a buscar las cartas y me agradecían llorando por traer noticias. Yo lloraba con cada [email protected] de [email protected]

Conocí a Silvio en persona. Estuvo en mi casa y yo muchas veces en la casa donde Silvio y Vicente Feliu se alojaban, la de Santiago -el Consejero Político y su esposa Cari, pasaba las tardes del domingo con ellos escuchando historias de la revolución. Conocí a Pablo Milanés por teléfono. Todos mis discos -de vinilo- de Silvio -hasta “Unicornio”-, están dedicados. Tengo guitarreadas grabadas. Me cantó tres veces seguidas “la gota de rocío” en unas gradas, que daban al camerino en el teatro del centro minero de Siglo XX. Yo creía en la revolución cubana.

Hasta que fui a la isla.

Al entrar debes registrar donde vas, con quien, quien te invitó, etc. Yo estaba en casa de un primo becado que hacia su especialidad en La Habana. Le lleve un paquete de seis latas de paceña. Vino una amiga a conocerme, Martica, mi primo le pasó una cerveza y ella la miraaaaba sin abrirla. Le preguntamos por qué. Quería llevarla a casa para que su hermano pruebe, nunca habían podido comprar una -aunque había en “la Choping”-, porque costaba 3 o 4 dólares. Martica es arquitecta urbanista y tenía un buen trabajo en la zona turística de la Habana, por eso ganaba 14 dólares al mes, pero obviamente jamás podría comprarse una paceña. Mi primo le pasó otra lata para que brinde con [email protected] y lleve la primera para compartir con su hermano. Así fue.

Dos días después, Martica vino a advertirme que vendría alguien del gobierno a preguntar si era cierto que yo lleve paceñas y que le regalamos una lata. Yo no entendía. “Es por estúpida”, decía, “cometí el error de botar la lata en la basura”, decía, “debí botarla en el basurero del parque”. Yo no entendía.

Ahí me entere, que en cada manzano hay un CDR -Comité de Defensa de la Revolución-, que espía y reporta que hace cada día, cada uno de los vecinos del manzano y les revisan hasta la basura. Encontraron la lata, la increparon, tuvo que declarar y por eso vino a avisarme.

Fui a conocer la casa derruida en la que vivía, en Vedado, la que le daba el Estado, como no era suya no valía la pena arreglarla, cualquier día le podían asignar otra. Tenía huecos en el techo, enormes, entonces acabó viviendo con el hijo chico, encima del garaje, al menos no tenía huecos. Ella es profesional, pero todos los días comía arroz congrí con un poco de frijol y de año en cuando con un pequeñísimo pedazo de “puelco”. Son muchas historias, todas tristes, pero a pesar de eso [email protected] son maravillosos, no solo Martica.

Fui con maleta y maletín de mano. Volví con una bolsa con dos matracas, un chéquere y cuatro libros, de esos que van de mano en mano, que [email protected] [email protected] me regalaron. Todo se quedó, todo les hacía falta. Se esfumo toda la magia de la revolución, esa en la que solo viven bien los gobernantes, los “revolucionarios” de mentira.

Libertad para Cuba.