Andanzas por el mundo de un ser mítico de los Andes. Del Ekeko sus Alasitas

Manuel Rojas Boyan - Antropólogo

Al mediodía del 24 de enero, La Paz hace una pausa. Las oficinas cierran por unos minutos, las calles se llenan y la ciudad mira hacia lo pequeño: billetes en miniatura, casas diminutas, títulos profesionales de juguete. En medio del ritual, el protagonista es siempre el mismo: el Ekeko, cargado de bienes, sonriente, con un cigarrillo en la boca.

No es un dios. Tampoco un simple amuleto. El Ekeko es una herencia viva del mundo andino, un personaje que condensa siglos de historia, mito, resistencia y mestizaje.

En las culturas del altiplano, la diferencia nunca fue motivo de exclusión. Al contrario: ciertos rasgos físicos eran señales de un vínculo especial con lo sagrado. Personas con características singulares podían convertirse en yatiris, sabios encargados de curar, orientar y leer el equilibrio del mundo. Muy lejos de la mirada occidental que ocultó o marginó a quienes no encajaban en su norma.

De ese universo simbólico emerge el Ekeko ancestral: pequeño, jorobado y generoso. Según la tradición oral, caminaba por los pueblos del altiplano recibiendo dones en los lugares de abundancia y repartiéndolos allí donde faltaba todo. No representaba a una deidad, sino a un mediador del equilibrio.

La colonia alteró ese relato. El escritor paceño Antonio Díaz Villamil sitúa la resignificación del Ekeko tras el cerco indígena a La Paz en 1781, liderado por Túpac Katari. Derrotada la rebelión, el poder colonial habría adaptado la figura del personaje para convertirlo en símbolo de sumisión: un proveedor de bienes asociado al nuevo orden.

Así nació el Ekeko moderno: calvo, mofletudo, bigotudo, de rasgos europeos. También se fijó una fecha ajena al calendario agrícola andino: el 24 de enero, día central de la Feria de la Alasita.

Hoy, la Alasita es la feria de miniaturas más conocida del mundo. Su nombre viene del aymara alasita, “cómprame”. En sus puestos conviven deseos materiales y simbólicos: dinero, trabajo, casas, viajes, salud. En 2017, la UNESCO declaró los recorridos rituales de la feria como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La escena se repite cada año. Frente a la iglesia de San Francisco, sacerdotes católicos bendicen miniaturas. A pocos metros, los yatiris sahúman los mismos objetos siguiendo rituales ancestrales. Dos mundos que no se excluyen: se superponen.

El Ekeko ya no es solo paceño. Su figura circula por ferias de Quito, São Paulo y Puno, donde incluso tiene celebraciones propias. Se ha vuelto un símbolo mestizo, como el país que lo sostiene: atravesado por cruces culturales, tensiones históricas y memorias en disputa.

Más que prometer riqueza, el Ekeko representa algo más profundo: la esperanza colectiva de vivir mejor. Por eso, cada 24 de enero, La Paz vuelve a detenerse. Para pedir. Para creer. Para recordar que incluso en lo pequeño —en una miniatura— puede caber un futuro más digno.