¡Yo soy la autoridad!

Martin Diaz Meave

El traspié sufrido por el vicepresidente hace algunas noches en Viacha fue a la vez reflejo, causa y consecuencia de muchas actitudes a las que los bolivianos estamos, lastimosamente, acostumbrados. Casi pude escuchar, en el mismo tono y volumen de voz que usó Edmand Lara, frases como “¡no sabes quién soy yo!”, “¡no sabes con quién estás hablando!” Y otras variantes semánticas menos gratas.

La verdad es un poco más sencilla. El vicepresidente no tiene autoridad sobre un oficial del ejército, en este caso, un teniente coronel. Y la reacción del mencionado fue, en realidad, la más sensata: no hacerle caso a su interlocutor y retirarse hacia un lado, diciendo que él solo estaba cumpliendo órdenes. Y si bien es criticable desde un inicio el manejo informativo que el ejército está haciendo de la tragedia ocurrida en Viacha, en esta columna no hablaremos de ello, sino de la autoridad.

Para Max Weber, no todo poder significa autoridad. Ésta aparece cuando los que obedecen consideran legítimo el derecho de alguien a mandar. No se trata solo de imponer una decisión, sino de que haya una creencia en la legitimidad de quien está al mando. Esto es importante, ya que separa a la autoridad de la coacción. Quien posee verdaderamente autoridad no necesita convencer con frecuencia ni obligar físicamente; cuando se recurre a actitudes violentas para obtener obediencia, se está demostrando precisamente falta de autoridad. Hannah Arendt lo resume muy bien: “Donde se usa la fuerza, la autoridad misma ha fracasado”. Así, separa claramente a la autoridad de la persuasión y la violencia.

Esta última frase me hizo recuerdo a un gran amigo que alguna vez me dirigió en una obra de teatro. Cuando nos pusimos a hablar del tono de voz que íbamos a usar en la obra, él me dio el concepto de autoridad más gráfico que recuerdo: cuando eres niño, cuando eres adolescente, tu padre y tu madre son las autoridades a las que tienes que obedecer. Pero incluso padres y madres necesitan construir esa autoridad ante los ojos de los hijos, necesitan legitimarse. Por eso, me decía Miguel (así se llama el amigo), la voz con la que ese padre dice “me desobedeciste, por eso estás castigado”, debe tener la misma autoridad y tono que aquella que dice “lo has hecho muy bien, te felicito”. Imposible, en este punto, no recordar a todas las mamás que he visto persiguiendo a los gritos a sus niños en un parque, o tantas discusiones que han terminado con la frase “porque soy tu padre y yo lo digo”.

Tener la fuerza suficiente para imponer obediencia no concede, por sí mismo, autoridad. Para que exista autoridad política estable, el poder debe convertirse en derecho reconocido y la obediencia en deber legítimo. Esa es la idea que comparte Rousseau en “El contrato social “, cuando dice que la fuerza necesita convertirse en derecho. Desde luego, es peor para quien quiere imponerse , no contar con esa fuerza.

Edmand Lara merece respeto, como persona y como autoridad electa. Lo de los zapatos bordados, vaya y pase como una curiosidad anecdótica, pero el primero que tiene que estar a la altura de su cargo es él. No puede seguir exponiéndose a espacios y momentos en los que sale perdiendo su credibilidad y la relevancia de su cargo; no puede seguir exhibiendo una ingenuidad que puede ser cándida para algunos, pero que transmite desconfianza y grima para la mayoría, en un momento en el que la población busca certezas que pongan una luz sobre nuestro futuro. Los jóvenes tienen una palabra más certera para lo que pasó la otra noche: “cringe”, vergüenza ajena. Algo que te hace perder autoridad, y que no se reclama a los gritos. Como dijo alguna vez en una entrevista Margaret Thatcher: "Ser poderosa es como ser una diva. Si tienes que recordarle a la gente que lo eres, es que no lo eres en verdad".

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