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Copa Libertadores
Conmebol suspende final entre River y Boca
La agresión ocurrió cuando el plantel visitante llegaba al Monumental. Foto: Internet

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Sábado, 24 Noviembre, 2018 - 19:09

La expectativa tan grande derivó en lo que muchos temían. Todo se desbordó. Ni siquiera el promocionado operativo de seguridad para la Superfinal pudo evitar que se produjeran graves incidentes, dentro y fuera del estadio Monumental.

Todo fue un papelón. Una muestra cabal de lo peor del fútbol argentino y sudamericano: violencia, aprietes, tironeos, disputas de poder, desprolijidades, peleas...

La Superfinal de la Copa Libertadores entre River y Boca que debía jugarse este sábado a las 17 primero fue postergada en dos ocasiones. Y finalmente fue suspendida. Se jugará mañana a las 16.00 (17.00 hora local).

Todo lo malo que podía pasar ocurrió. Afuera, la violencia invadió las calles ante la inoperancia de un operativo policial que nuevamente falló. Adentro, cada dirigente intentó sacar tajada sin pensar en el bien común. Y así fueron pasando las horas. Desde la bochornosa llegada del micro de Boca al Monumental hasta las presiones de la Conmebol y de la FIFA para que el partido se jugara pese a todo.

Desde Boca la postura era clara: le informaron a River y a Conmebol que no estaban en condiciones de jugar el partido: Pablo Pérez, capitán del equipo y Gonzalo Lamardo, juvenil que acompañó al plantel, habían sido trasladados a un hospital para ser atendidos tras la salvaje agresión que sufrió el plantel boquense en su llegada al estadio Monumental.

Hubo piedrazos al micro, gases lacrimógenos y varios futbolistas resultaron heridos.

Las imágenes eran contundentes. Pero después de varias reuniones y de la presión ejercida por los presidentes de la FIFA, Gianni Infantino y de la Conmebol, Alejandro Domínguez, lo que parecía imposible se volvió probable: a pesar del caos generado y de los futbolistas heridos, anunciaban que la Superfinal se jugaría más tarde. A las 18, informaron en primera medida. A las 19.15 lo cambiaron después.

Según argumentaba la máxima entidad del fútbol sudamericano "no existía causal para suspender el partido".

Mientras tanto, en Boca una mezcla de confusión y enredos invadía el vestuario visitante. "Nos están obligando a jugar el partido", sentenció Carlos Tevez como líder del plantel.

Fernando Gago se sumó en la misma línea: "Estamos sorprendidos porque nadie toma una decisión. Hace siete horas que estamos dando vueltas. A nosotros nos dicen que el partido se juega, pero no están dadas las condiciones en el grupo".

El desmadre tuvo su clímax en la llegada del micro con el plantel de Boca al Monumental. Y desde ese momento, alrededor de las 15.20, cuando faltaban menos de dos horas para que comenzara la gran final, todo fue caos, desorganización y preguntas sin respuestas.

Un grupo de hinchas de River que esperaba para entrar al estadio lanzó piedras contra el micro del plantel visitante. Fue una zona liberada, no había policías controlando esa zona aledaña al Monumental. O sí había, pero no fueron eficientes. Y llegaron tarde a la zona.

Para intentar dispersar a los hinchas fue peor el remedio que la enfermedad. Porque los policías empezaron a tirar gases lacrimógeno y todo se empeoró. El combo derivó en una imagen impresentable: los jugadores de Boca entraron al vestuario visitante heridos por los cortes de los vidrios rotos y con dificultades en la respiración por los gases.

La Superfinal, a esa altura empezó a correr riesgo.

Varias ventanillas del micro quedaron destrozadas; el chofer bajó desmayado y muchos futbolistas estaban visiblemente afectados.

Seis jugadores vomitaron y quedaron tirados en la antesala el vestuario: Carlos Tevez, Fernando Gago, Julio Buffarini, Agustín Almendra, Nahitán Nandez y Darío Benedetto.

El más afectado fue Pablo Pérez que sufrió un corte en el brazo y algunas astillas afectaron a su ojo izquierdo. También el juvenil Gonzalo Lamardo, que forma parte de la lista de buena fe en la Copa Libertadores y acompañaba al grupo en la cancha de River.

Pérez y Lamardo, tras ser revisados por los médicos de Boca y Conmebol, fueron trasladados en ambulancia al hospital Otamendi  para realizarse estudios específicos. Allí corroboraron que el capitán de Boca había sufrido una úlcera y que no estaba en condiciones de jugar.

El secretario general del club, Christian Gribaudo, dio un diagnóstico funesto de la situación: "Los jugadores están todos heridos, así no se puede jugar".

El anillo interno del estadio Monumental se transformó en un hormiguero. Dirigentes corriendo de un vestuario al otro. Allegados haciendo circular versiones contrapuestas. Y la sensación evidente de que no estaban dadas las condiciones para jugar un partido de fútbol.

Mientras tanto, en la calle, los miles de hinchas de River que no habían logrado entrar, empezaban a producir disturbios y se enfrentaban con la Policía. Quedaron muchos espectadores con entradas en la mano y sin poder ingresar a la cancha.

Dentro del Monumental, el presidente de River, Rodolfo D'Onofrio, asistió al vestuario de Boca para ponerse al tanto de la situación. Y también hubo reuniones con Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol y Claudio Tapia, presidente de la AFA.

A las 16, una hora antes de la hora señalada, los cinco médicos de la Conmebol que habían atendido en el vestuario a los jugadores de Boca heridos, se reunieron con Angelici y D'Onofrio para tomar la decisión de qué camino seguir.

Ante una incertidumbre generalizada, la Conmebol informó via Twitter que el partido se postergaba para las 18. Pareció más un manotazo de ahogado en su afán de querer disputar el partido que una decisión efectiva.

Desde allí se multiplicaron los tironeos.

Porque la entidad sudamericana quería sí o sí que se jugara el partido. Porque River acataba la palabra oficial y el plantel se preparaba para iniciar la entrada en calor. Y porque en Boca la postura era contundente: no podían ni querían jugar después de todo lo que había sufrido el plantel.

Y, vaya detalle: el capitán de Boca, Pablo Pérez, por ese entonces ya estaba siendo atendido en el hospital Otamendi debido a "una úlcera por un cuerpo extraño" en el ojo izquierdo.

En ese contexto turbio, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, bajó de su palco, recorrió el anillo interno del Monumental y se reunió con los presidentes de los clubes.

Cuentan que Marcelo Gallardo al mismo tiempo le hizo saber a Guillermo Barros Schelotto que River no pondría objeciones y que si Boca no estaba para jugar aceptarían esa postura.

Aunque un rato más tarde Tevez apuntó que ningún jugador de River se había acercado al vestuario visitante para solidarizarse con sus colegas.

En ese contexto, minutos después de las 18.30 el campo de juego empezó a dar señales de que el partido podría jugarse. El preparador físico de Boca, Javier Valdecantos, empezó a preparar los elementos para la entrada en calor. Más tarde también se sumaron los árbitros a la preparación.

Y en un escenario absolutamente desvirtuado se iba a jugar el partido dos horas y media después de lo previsto.

Pero faltaba un capítulo más.

Porque la reunión entre los presidentes, allí donde estaban Gianni Infantino (FIFA), Alejandro Domínguez (Conmebol), D'Onofrio (River) y Angelici (Boca) dio un vuelco. Todo cambió mientras los hinchas seguían protagonizando incidentes en la calle. A las 19.23 el partido oficialmente se suspendió. Y se pasó para el domingo a las 17.

FUENTE: Clarín


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