No es necesario inventar la rueda, sólo hagamos que empiece a girar

Por Mónica Bayá

Las movilizaciones, discursos y campañas contra la violencia hacia las mujeres podrían hacernos pensar que existe una mayor conciencia de que ella, no puede seguir permitiéndose. Sin embargo, las violaciones grupales y los feminicidios en ascenso ponen en evidencia cuan poco hemos avanzado como sociedad en su erradicación, problema que se ve agravado por la impunidad que la rodea y la altísima tolerancia social existente.

Aunque usted no lo crea, según una encuesta nacional de la Alianza Libres sin Violencia (2017), 4 de cada 10 hombres consultados creen que hay motivos valederos para golpear a una mujer y 7 de cada 10 opinan tener la responsabilidad de controlar el buen comportamiento de las mujeres, por otro lado, 5 de cada 10 personas encuestadas creen que las mujeres son culpables de las violaciones de las que son víctimas debido al tipo de vestimenta que utilizan. Por tanto, no ha de sorprendernos que igual o similar razonamiento esté presente entre muchas de las autoridades con las que las víctimas se encontrarán en su largo camino por alcanzar la justicia.

Ante este panorama surge con frecuencia la pregunta de ¿cómo combatir la violencia? y la respuesta  desde mi punto de vista continúa siendo la misma que hace seis años cuando se promulgó la Ley No 348, “prevención y justicia”. Por tanto, no existen fórmulas mágicas y varias de las medidas que en ocasiones se propone reinventar, ya están desarrolladas en la normativa, políticas y planes,  siendo necesario implementarlas, ese es el elemento diferenciador de cualquier planteamiento en este momento cómo cerrar la brecha entre lo formal y lo que, efectivamente, se ejecuta, incluida claro, la inversión pública que ello implica. Lo que no significa desconocer lo hecho hasta este momento, no obstante, está clarísimo que no ha sido suficiente.

En términos de prevención, existe consenso en plantear la necesidad de una educación igualitaria dirigida a niñas y niños que debe iniciarse en las primeras etapas de la vida en las que se forman los valores y las normas de conducta. También existe consenso en que la prevención implica combatir las brechas de género entre hombres y mujeres en el nivel social, económico y educativo; promover el empoderamiento de las mujeres y su autonomía económica, conseguir espacios públicos más seguros, trabajar con los hombres y niños sobre las desigualdades de género, concientizar a la población y movilizar la frente a la violencia y trabajar con los medios de comunicación social para dejar de reproducir violencia. En algo de esto se ha venido trabajando estos años, sin embargo, es necesario que las acciones estatales respondan a una estrategia sostenida y a largo plazo, superando el activismo que suelen despertar las fechas emblemáticas de la lucha contra la violencia.

Respecto a la justicia, dado los graves efectos y secuelas de la violencia, es quizá el escenario que mayor atención ha despertado, existiendo diversos estudios sobre el rendimiento de los servicios de atención que identifican los principales cuellos de botella, entre ellos, la falta de cobertura e insuficiente capacidad institucional,  la transferencia de costos a las víctimas, la poca efectividad de las medidas de protección, la inestabilidad y cambios de personal, la falta de especialidad y revictimización, el incumplimiento de plazos procesales, los sesgos de género en la investigación y juzgamiento, los formalismos y la falta de apoyo interdisciplinario e integral a las víctimas, entre otros, que finalmente, se traducen en impunidad.

Al respecto, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha señalado que: “la ineficacia judicial frente a casos de violencia contra las mujeres propicia un ambiente de impunidad que facilita y promueve la repetición de los hechos de violencia en general y envía un mensaje según el cual la violencia contra las mujeres puede ser tolerada y aceptada, lo que favorece su perpetuación y la aceptación social del fenómeno, el sentimiento y la sensación de inseguridad de las mujeres, así como una persistente desconfianza de estas en el sistema de justicia”.

Algunos de estos problemas, están comenzando a ser abordados, esperamos que las respuestas estén a la altura de los desafíos y se traduzcan en cambios concretos.