Internacional
Colombiano José Richard
Un sordociego que siente el fútbol con las manos

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Sábado, 19 Agosto, 2017 - 15:22

Es la primera vez que José Richard pisa el estadio Nemesio Camacho El Campín, en Bogotá. Sus manos reflejan su ansiedad. De tanto en tanto palpa las boletas que le darán acceso a las tribunas y las guarda celosamente en el bolsillo del pantalón.

Miles de personas se van agolpando en las sillas con los ojos fijos en la grama, prestas a disfrutar de la cita dominical con el balón, menos él. Es más, José Richard le dará la espalda a la cancha, no verá ni oirá ni pronunciará una palabra. Eso sí, no se va a perder un segundo del partido. 

José Richard es sordociego. Su existencia es casi obra de una alineación cósmica. Sufre el síndrome de Usher, una condición genética rara que afecta a uno de cada 30.000 nacidos. El síndrome deja progresivamente a la persona con sordera profunda y después termina con su visión. “Para que suceda un caso, tanto el padre como la madre deben ser portadores del gen que causa la enfermedad”, explica Carlos Francisco Fernández, asesor médico de EL TIEMPO.

El mal funcionamiento de sus células, tejidos y órganos no le impiden a José Richard que cada poro de su cuerpo sienta pasión por el fútbol. Faltan 20 minutos para que se inicie el juego. José Richard está con César, su mejor amigo, su compañía, su intérprete, su narrador de fútbol, su confidente, sus ojos, sus oídos, su voz. Se conocieron hace dos años y desde entonces son inseparables.

Con lenguaje de señas

José Richard ubica sus manos sobre las de César y siente los símbolos que este traza en el aire. Faltan 10 minutos para el pitazo inicial y se enfrascan en una conversación impenetrable para quienes los ven. César le describe cada detalle del estadio a su amigo. “Intento narrarle cuántas personas hay –dice César–, dónde estamos ubicados, quién está cerca de nosotros (…), que él pueda sentirse en la situación y disfrutar de la experiencia como un vidente, oyente o hablante”.

Los jugadores salen a la grama. El rugido de los hinchas retumba en cada milímetro de de las graderías. El partido también comenzó para ellos. La mecánica para ‘ver’ el partido, ideada por José Richard, es ingeniosa.

César se sienta viendo a la cancha y José Richard en frente, en una silla que han traído. Las rodillas frente a frente. Colocan una tabla sobre sus muslos: es la cancha. “En mi casa era imposible poder ver un partido –dice José Richard–. Siempre me ha gustado Millonarios, pero no había quién me interpretara. Siempre me sentía muy triste, muy desilusionado (…). Un día, César me narró un partido de Colombia y no alcanzo a expresar la felicidad”.

Estos amigos enlazan sus manos y uno se las guía al otro por la madera, ilustrando lo que ocurre en el césped. La dupla, que trabaja en silencio en medio del bullicio del estadio, ideó algo más para entender el juego. Un tirón de la camisa es falta, un gesto con la boca es un pitazo del árbitro, uno con la mano es tarjeta amarilla, otro es fuera de lugar o saque de banda o tiro de esquina. 

Los dedos de ambos se transforman, en un parpadeo, en un jugador, en el balón, en el árbitro, en la tribuna o en ambos equipos. El juego que se replica en esa tabla de 30 × 20 es más frenético y apasionado que una narración radial. Los segundos se consumen y el anhelado gol no aparece.

El proceso

Cuando José Richard nació, los médicos identificaron un problema auditivo. A los 5 años sus síntomas empeoraron y la comunicación con su mamá se tornó imposible. 

A los 9 fue diagnosticado con sordera profunda. “Mi mamá –explica José Richard– no sabía nada de lenguaje de señas y yo tampoco; entré al colegio Filadelfia y obtuve la primaria. Allí aprendí con mis amigos sordos a comunicarme”.

A los 15 años empezó a perder la visión. La situación lo obligó a salirse del colegio y se encontró con barreras para continuar con sus estudios. Aprendió a usar bastón, a leer, a escribir en braille y terminó de estudiar. “He pasado hojas de vida, pero es muy difícil –relata José Richard–, incluso hice un taller para manejar computador, pero nada, en todos los lugares me decían que no. Tuve la oportunidad de conocer a César en la Fundación Sin Límites, y ahora estoy comprometido con sacar adelante mi proyecto de vida”.

Se trata de ayudar a otros en su condición; también, quiere aprender panadería y actuar. José Richard ya es capaz de hacer las tres actividades.

Una misma pasión

Gol, pero no es Santa Fe. José Richard se burla de César, le dice con un gesto inconfundible: “Paila”. Se ríe. En una mueca le dice: “Es muy malito”. César lo empuja: “Todo bien, ya va a ver”. Entre ellos no importa el color del equipo. 

José Richard consiguió prestada una camiseta de Millonarios para su primera visita a El Campín. En el estadio, la temperatura se eleva a más de 20 grados Celsius y ahí está José Richard, con la chaqueta negra puesta, escondiendo el azul de su prenda por miedo. En un acto de valentía, calor y nada más que amor por el deporte, deja al descubierto su prenda azul, orgulloso, al lado de la roja de César.

La dicha no dura mucho, José Richard tiene que ponerse de nuevo su chaqueta para evitar provocaciones al equipo local. Ninguno lo puede creer. “Qué sentido tiene ahondar en las diferencias por el color de una camiseta –sentencia César–. Qué más da que sea azul, roja, verde, amarilla, blanca o de todos los colores (…). Estamos disfrutando una pasión, sin incitar; al contrario, es una invitación para dejar las diferencias y vernos como iguales”.

Tomado de El Tiempo.

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